Hasta el Último Hombre (2016)

 

En las vísceras de la guerra.

Fiel a la dicotomía inherente a su filmografía, Mel Gibson regresa a la dirección con un film fraccionado, que desarrolla dos relatos enfrentados, casi antagónicos. Por un lado, encontramos la fábula del joven de convicciones férreas y moral inquebrantable, aquél que renunció a ejercer la violencia letal contra el prójimo; por otro, nos asaltan las salpicaduras hemoglobínicas de una batalla colosal convertida en espectáculo macabro. En síntesis: Gibson ha rodado la película pacifista más gore de la historia. Siempre dispuesto a redimir sus pecados –he ahí ese padre violento y alcohólico interpretado por Hugo Weaving–, y sirviéndose de una narración con tendencia al buenismo –la historia real de Desmond Doss, un soldado objetor de conciencia–, el director de “Braveheart” planifica una obra que, en su intento de alcanzar la trascendencia, se pierde en los senderos de la contradicción. Por momentos, el amable (y después sangriento) relato sobre este fanático religioso que no quería coger su fusil, parece más bien la coartada perfecta que permite a Gibson regatear –con cierta elegancia– un intento de tono antibelicista en el que no acaba de sentirse del todo cómodo. Porque una cosa es estar a favor de la paz, y otra muy distinta es postularse en contra de la guerra. No obstante, del retrato costumbrista que articula la primera parte de “Hasta el Último Hombre“, subyace la “defensa” incondicional de la patria y la familia.

Doss (un Andrew Garfield remilgado hasta el hartazgo) se enfrenta a la sinrazón militar, a la deshumanización del soldado, sacando a relucir las incongruencias de los códigos del ejército y sus métodos para embrutecer a los reclutas. El joven, cuyo fervor religioso surge de un trauma del pasado, encuentra el consuelo en un Dios paternal, que reconforta, guía y define su conducta. “No matarás” como firme renuncia a las armas de fuego. Pero este esbozo se queda en simple borrón, con la esencia del mensaje acomodada tras las habituales consignas entorno a la exaltación del valor, el coraje y la camaradería. La trama acaba por atascarse en un campo de batalla estandarizado, que da como resultado un film bélico de manual (vida-entrenamiento-guerra; incluido un final con imágenes de archivo), a pesar de la abundante casquería y el olor a carne quemada de sus contundentes y explícitas escenas de combate. Okinawa se presenta como un infierno de miembros amputados y vísceras esparcidas, donde unos y otros mueren por nada, entre tierra yerma y ratas. Brincando por tan dantesco panorama, Doss muta de mártir a héroe, y se marca un “Forrest Gump” antológico –recuperando a sus compañeros hechos pedazos entre fuego de artillería–, mientras Gibson filma las secuencias de acción bélica más apabullantes de los últimos años.

Manu Castro (7/10)
@ManuCastroLSO
(22-02-2017)

 

• Lo mejor: El soldado “Hollywood”, sujeto nudista y gilipollas que demuestra la puntería de Gibson a la hora de mandar recados a la industria.
• Lo peor: Su molesta indefinición cuando se trata de señalar, de manera rotunda, la negación de la razón que supone la guerra.

 

 

Título Original: Hacksaw Ridge | Género: Acción / Bélico | Nacionalidad: Australia / USA | Director: Mel Gibson | Actores: Andrew Garfield, Sam Worthington, Luke Bracey | Productor: Terry Benedict, Paul Currie, Bruce Davey | Guión: Robert Schenkkan, Andrew Knight | Fotografía: Simon Duggan | Música: Rupert Gregson-Williams | Montaje: John Gilbert

 

Sinopsis: Basada en la historia real del objetor de conciencia Desmond Doss, quien, durante la sangrienta batalla de Okinawa, en la Segunda Guerra Mundial, salvó a 75 hombres sin llevar encima una arma.