Resident Evil: El Capítulo Final (2017)

 

Entre clones anda el juego.

Imaginad por un momento un plan de esos que pasan de tranquis a cerdis en un abrir y cerrar de ojos. Borrachera tremenda, chupitos de Jäger y visita al kebap a las cinco de la madrugada. Reacción estomacal antes de las seis. Viaje en bus a las siete, con evidentes síntomas de descomposición. Un bache, un pedo inoportuno y… adiós. Póngame un Cacaolat del tiempo, por favor. Pues, con todo, este hipotético y escatológico espectáculo, resulta mucho menos perturbador que el visionado de “Resident Evil: El Capítulo Final“. ¿Suena demasiado contundente? No lo creo. Y digo más, porque mi acercamiento a esta saga siempre se ha producido desde una posición de entrega absoluta hacia la parte lúdica de la misma. Yo vengo a divertirme, con zombis… En este sentido asumo que, como adaptación de la serie de videojuegos de Capcom, la franquicia cinematográfica es un disparate absoluto desde el primer minuto. Por tanto, soy capaz de tolerar las numerosas licencias (algunas aberrantes) a la hora de abordar la trama y los personajes, las ocurrencias de talante psicodélico, incluso el torrente de calamitosas  incongruencias que salpican cada nuevo argumento –a estas alturas resulta harto complicado reconducir algo que se desmadró por completo años atrás–. Aun así, a pesar de la ausencia de margen a la hora de acometer más mutaciones, Paul W. S. Anderson se las ingenia para seguir sodomizando este tinglado hasta más allá de lo concebible. Su capacidad en este sentido es asombrosa.

Que esta saga acabe entre las cenizas radioactivas de Raccoon City es la alegoría definitiva. Volvemos a casa, aunque la casa esté hecha mierda. Porque esto es cine de derribo, de escombros. Esta última entrega prescinde de cualquier sutileza narrativa (como es habitual). A la película se la bufan los socavones en el guión y las incoherencias (que aquí son muchas y muy alucinantes). La trama se organiza en torno a un puñado de frenéticas escenas de acción, diseñadas para aturdir y marear hasta alcanzar la náusea. Esta ridícula concatenación de set pieces posapocalípticas, nos devuelve a la ciudad donde se produjo el brote vírico original, a las entrañas de la multinacional, a los entresijos y las mamonadas perpetradas por los jefazos de Umbrella. El regreso a “La Colmena” es un decepcionante periplo a través de un yermo narrativo que trata de reflexionar sobre las líneas básicas de la saga, mientras (re)interpreta la historia desde un punto de vista infantil y ahonda en la hipérbole del massive digital, para que una horda interminable de zombies fagocite el poco sentido del humor que le quedaba al invento. La coartada en forma de clonación resuelve-embrollos, la criogénesis para capitalistas –en un subnivel oculto hasta ahora– y el Apocalipsis programado con tintes religiosos, no son más que inoperantes añadidos a esta ensalada de despropósitos. Del pulp al trash hay una línea muy fina, y Anderson se la esnifa en segundos.

Manu Castro (2/10)
@ManuCastroLSO
(11-02-2017)

 

• Lo mejor: Las chicas son guerreras: Milla Jovovich y Ali Larter.
• Lo peor: Albert Wesker encarnando todos los defectos del film.

 

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Título Original: Resident Evil: The Final Chapter | Género: Acción / Terror / Ciencia Ficción | Nacionalidad: Francia / Alemania / Canadá / Australia | Director: Paul W.S. Anderson | Actores: Milla Jovovich, Iain Glen, Ali Larter | Productor: Paul W.S. Anderson, Jeremy Bolt, Samuel Hadida | Guión: Paul W.S. Anderson | Fotografía: Glen MacPherson | Música: Paul Haslinger | Montaje: Doobie White

 

Sinopsis: Alice es la única superviviente que puede salvar lo poco que queda de la raza humana en su lucha contra los muertos vivientes. Ahora tendrá que regresar justo donde la pesadilla comenzó, a “La Colmena”, en Raccoon City, donde la Corporación Umbrella está reuniendo fuerzas antes del ataque final contra los últimos supervivientes del Apocalipsis.