Campamento Sangriento (1983)

Campamento Sangriento (1983)

 

Campamento imbécil.

Si hay algo que me mola de los slashers chungos, es su inmensa capacidad a la hora de aglutinar a imbéciles y trasnochados dentro de sus torpes argumentos; personajes tarados que constituyen el grueso de la dieta del psicópata de turno. Atendiendo solamente a este punto, la película que analizaré a continuación es un filón de oro macizo. “Campamento Sangriento” (también conocida como “Campamento de Verano“, “Sleepaway Camp” en inglés) es un horror conceptual tan casposo como divertido. Explotación descarada del éxito de “Viernes 13“, la cinta de Robert Hiltzik juega en la categoría de subproductos de terror destinados a las sesiones golfo-etílicas de madrugada. El delicioso planteamiento de la cinta arranca con una sangrienta imprudencia protagonizada por dos jóvenes gilipollas, responsables de un accidente acuático en el que mueren un padre y su hijo pequeño. Pasan ocho años y descubrimos que la hija del difunto ha sobrevivido, aunque visiblemente traumatizada, a aquel horrendo suceso. Ahora vive con la chalada de su tía y el espabilado de su primo. Ambos adolescentes se preparan para pasar el verano en el campamento Arawak, un lugar aparentemente idílico que, aviso, podría contener algún spoiler.

A los pocos minutos de llegar al lago nos vamos percatando de multitud de llamativos detalles. El personal del campamento se reparte entre pederastas, delincuentes sexuales y fulanos con una importante mengua intelectual. Los mayoría de los excursionistas varones son auténticos acosadores, violadores en potencia. El ambiente general se asemeja al de una institución penitenciaria, donde son habituales los abusos y las novatadas. La fauna del lugar mete miedo al pánico. La chica mentalmente inestable, y muda, cae en el ambiente idóneo para facilitar la recuperación de su psique. Mientras tanto, su primo espabilado le tira los tejos a la moza de grandes pechos que solía ser su amiga cuando tiraba a plana; el cliché del desarrollo sexual femenino deja al chaval con cara de lelo -ella se fija en jóvenes más maduros y capullos-. Comienzan las actividades veraniegas, las fiestas, los deportes… La chica muda sigue sin hablar y un par de malas pécoras la toman con ella. El cocinero pedófilo entra en acción. La cosa se caldea en Arawak.

Cámara en primera persona y un campamento repleto de jóvenes mongolos: “Me llamó Paco y mato gente”. Llega el asesino en serie, comienzan los asesinatos. El primero en caer es el asqueroso jefe de cocina, escaldado. Muerte mala, lo dice el médico que le atiende, y además nos confirma que el tipo se va a ir de este mundo pasando las de Caín. Maldita sea el agua en estado de ebullición. La gerencia intenta silenciar el suceso y soborna a los pinches; nada que no solucionen unos dólares arrugados. Continúa el desfile de camisetas ochenters, los ombligos al aire y las poses del musculoso monitor jefe. Huele a bullying a la legua, pero el verano es para divertirse, ¡qué diablos! Y aparece otro fiambre. Hace acto de presencia la policía, que despacha el asunto con un par de preguntas, unas pesquisas desinteresadas y el enorme mostacho falso del agente Frank. La credibilidad del cuerpo por los suelos. ¿Cerrar el campamento? Ni se plantea. El asesino, encantado con la situación, prosigue con su carnicería. Nunca dejéis que un par de truculentos crímenes os jodan las vacaciones.

Al rico tópico, aunque en realidad no tanto: sin desnudos, ni sexo, ni gore, sólo nos queda alimentar las dudas sobre la identidad del homicida. Entre insultos, novatadas y sandeces, prosigue el festival de la parca. Muere más gente, de manera más rebuscada, y todo dios se convierte en objetivo del puñal, la colmena de abejas o la plancha de pelo al rojo vivo. Con las cabañas convertidas en morgues, el director articula un “hasta aquí hemos llegao; lo chapo”. A buenas horas. Noventa minutos después seguimos expectantes, tal vez un poco aburridos, dormidos, incluso hastiados, y aún así continuamos barajando sospechosos… Alguien me preguntará, ¿merece la pena aguantar hora y media de chorradas, disparates y tontunas adolescentes para descubrir al asesino? Mi respuesta es contundente: ¡joder, sí! Porque el final de “Campamento Sangriento” es uno de los epílogos más espeluznantes, sorprendentes, truculentos, bochornosos y a-co-jo-nan-tes de la historia del cine. Un puñado de segundos que lo justifican todo. TODO. No dejéis que os lo cuenten; disfrutad plenamente de ese momento, sentid como se os caen las bragas o los gayumbos al suelo. Trauma muy jodido el de este asesino en serie.

Manu Castro (3/10)
(16-06-2016)

 

• Lo mejor: El final es de los que cortan el pis de cuajo.
• Lo peor: El resto es pura morralla. Y sus secuelas, más.

 

Campamento Sangriento (1983)

 

Título Original: Sleepaway Camp | Género: Terror | Nacionalidad: USA | Director: Robert Hiltzik | Actores: Felissa Rose, Jonathan Tiersten, Karen Fields | Productor: Robert Hiltzik, Jerry Silva, Michele Tatosian | Guión: Robert Hiltzik | Fotografía: Benjamin Davis | Música: Edward Bilous | Montaje: Ron Kalish, Sharyn L. Ross

 

Sinopsis: Después de un accidente horrible que mata a su familia, Angela, una joven tímida y hosca, se muda con su excéntrica tía Martha y su protector primo Ricky. Un verano, Martha envía a los niños al Campamento Arawak. Poco después de su llegada, una serie de extraños, y cada vez más violentos, accidentes acaba con las vidas de varios campistas. ¿Quién puede ser tan retorcido para estar detrás de estos asesinatos?

 

Campamento Sangriento (1983)