Comanchería (2016)

 

Y los oprimidos tomarán las armas.

Puede que la conversación más reveladora de “Comanchería” sea la protagonizada por Marcus Hamilton (pletórico Jeff Bridges) y su compañero indio, Alberto Parker (Gil Birmingham). Sentados ambos en la terraza de un viejo restaurante, con vistas a un cruce de calles, en un pueblo muerto del oeste de Texas, los dos agentes de la Ley se preguntan por qué aquellas gentes continúan viviendo en medio de la desolación que se extiende ante ellos. De tan parca conversación subyace la idea del hogar y el arraigo, la noción de comunidad, familia e identidad. “Hace 150 años todo esto era la tierra de mis antepasados. Todo lo que puedes ver, todo lo que viste ayer. Hasta que los abuelos de estas personas se la quitaron. Ahora se la han quitado a ellos. Aunque no ha sido un ejército, han sido esos hijos de puta”, asevera con firmeza, señalando a la oficina del Texas Midland Bank situada justo frente a él. Hasta ese momento, nos hemos pasado la película contemplando una infinita colección de negocios en quiebra, casas abandonadas, fincas echadas a perder y poblaciones fantasma. Son las repercusiones de una crisis sistémica, inherente al modelo capitalista. Porque aquí los malhechores no pueden ser otros que los bancos; esos desalmados de las ejecuciones hipotecarias, los préstamos criminales y la usura ilimitada.

Siglo y medio después de que la banda de James-Younger –formada por granjeros que asaltaban diligencias, trenes y bancos para saldar sus deudas crediticias– diera su primer golpe, nos encontramos en un mundo donde los atropellos perpetrados por los poderosos y las desigualdades sociales, lejos de desaparecer, se han agravado hasta lo insoportable. Como aquellos míticos forajidos, los hermanos Howard (Chris Pine y Ben Foster) están entre la espada y la pared. Las deudas los ahogan, las facturas médicas se apilan (morir lentamente en Norteamérica puede resultar muy caro) y la desesperación hace presa de ellos. El ímpetu de uno se suma a la inteligencia del otro. Los dos toman las armas, resueltos a abandonar su condición de víctimas indefensas. Se echan al monte, en este caso a las interminables llanuras tejanas, y asaltan, sucursal tras sucursal, ese imperio del mal que es el sistema bancario. David Mackenzie hace honor a la etiqueta de (neo)western crepuscular y reviste su film con un inevitable tono trágico, acompañado en todo momento por el romanticismo de la rebeldía, el inconformismo y una brisa –con aroma a auténtica libertad– que sólo se da en aquellos espacios abiertos, donde la huida y la salvación aún parecen posibles; aunque sea como parte de una dulce mentira.

Manu Castro (8/10)
@ManuCastroLSO
(23-02-2017)

 

• Lo mejor: Cada vez que Jeff Bridges aparece en pantalla.
• Lo peor: Que no tomemos ejemplo.

 

 

Título Original: Hell or High Water | Género: Acción / Drama / Western | Nacionalidad: USA | Director: David Mackenzie | Actores: Chris Pine, Ben Foster, Jeff Bridges | Productor: Peter Berg, Carla Hacken, Sidney Kimmel | Guión: Taylor Sheridan | Fotografía: Giles Nuttgens | Música: Nick Cave, Warren Ellis | Montaje: Jake Roberts

 

Sinopsis: Tras la muerte de su madre, dos hermanos organizan una serie de robos, limitándose a las agencias de un mismo banco. Tienen pocos días para evitar que la propiedad familiar sea incautada. Les persigue un ranger, que está a punto de jubilarse, y su asistente, decididos a arrestarlos.