El Instante más Oscuro (2017)

 

El discurso del Primer Ministro.

Construida para mayor gloria de Winston Churchill (no obstante, son los anglosajones los que escriben la historia de todos, reivindicando a sus líderes y héroes en el proceso), “El Instante más Oscuro” se suma a una forma de afrontar el biopic de figuras destacadas que hoy día es tendencia. Como hiciera Stephen Frears en “La Reina” (2006), Sacha Gervasi en “Hitchcock” (2012) o Spielberg en “Lincoln” (2012), por citar tres ejemplos destacados, Joe Wright (“Pan: Viaje a Nunca Jamás“, “Anna Karenina“, “Expiación. Más Allá de la Pasión“), con guión de Anthony McCarten (“La Teoría del Todo“), opta por centrar la narración de su película en un momento muy concreto de la vida del protagonista. Mayo de 1940; Europa está bien jodida. La política del apaciguamiento de Neville Chamberlain es papel (del culo) mojado y el parlamento británico busca un líder que afronte la guerra con la Alemania nazi con energía y espíritu renovado. La papeleta es morrocotuda. Se configura entonces un gobierno de coalición donde los únicos elegibles para el cargo de Primer Ministro eran el Vizconde Halifax (otro de los arquitectos de la infame y vergonzosa “policy of appeasement”) y el propio Winston Churchill, por estar ambos tolerados por la oposición. La cinta aborda el papel de Churchill como contrapeso fundamental al poder de Hitler en el viejo continente y su renuncia absoluta a cualquier acuerdo de paz con los nazis. Así de azucarada se nos presenta una vez más la silueta de un sujeto que era firme defensor de una coalición anticomunista y estaba dispuesto a pactar con la Alemania nazi para aplastar a la URSS (en 1938, el embajador alemán en el Reino Unido, Von Ribbentrop, le llegó a comunicar que Alemania iba a invadir la Unión Soviética, y se oyeron hurras nada disimuladas). Esto no aparece en la película –gesto de sorpresa aquí– y es sustituido por una lectura política que, una vez más, resulta sesgada y complaciente

Winston el indeseado. Ni el Rey Jorge VI, ni su propio partido, ni un significativo porcentaje de la opinión pública de la época, tenían en buena consideración a este perro viejo de la vida política británica. El tipo del bombín y el puro arrastraba tras de sí numerosas calamidades económicas, políticas y bélicas. El film apunta al desastre de Galípoli, la intervención británica en la Guerra Civil Rusa o el retorno del Reino Unido al patrón oro, que originó deflación y desempleo. Se trata de trazos ligeros e inocuos, que sirven para establecer el clima previo a su nombramiento. Por supuesto, este edulcorado repaso se inhibe a la hora de poner sobre la mesa antecedentes más escabrosos. Sin ánimo de convertir esta reseña en un análisis histórico, me parece oportuno puntualizar la posición de Churchill con respecto a la Revolución de Octubre de 1917 –el tipo era partidario de “estrangular la causa de los bolcheviques en su cuna”–, o sus declaraciones sobre la huelga general de 1926 en el periódico del gobierno, el British Gazet, donde escribió que “o el país rompe la huelga general o la huelga general romperá al país”, además de ensalzar al régimen fascista de Benito Mussolini que, según él, “había rendido un servicio al mundo enseñado como se combaten las fuerzas de la subversión”, considerado que esta dictadura había servido como baluarte indispensable en contra de la revolución comunista. Directamente involucrado en el asesinato de varias personas, en 1911 intervino en una reyerta entre anarquistas letones y policías en una calle de Londres. El edificio en el que se habían refugiado los anarquistas comenzó a arder, pero Churchill ordenó que no se sofocara el incendio hasta que no se rindieran. Varios no lo hicieron y murieron abrasados. Azote del movimiento obrero –”las ametralladoras deberían ser usadas contra los huelguistas”, llegó a decir–, tampoco simpatizaba con la causa del sufragio femenino. Todo un figura.

Los nazis son caca. Sí, es cierto que, llegado el momento más oportuno para él (aquí si es certero el film al apuntar su arribismo desmedido), advirtió al mundo de las pérfidas intenciones de Hitler, pero su historia no es sólo una sucesión de gloriosas intervenciones parlamentarias y emocionantes discursos pro bélicos. Los claroscuros tras las palabras de Churchill conducen a rincones conflictivos que la película de Wright evita sin disimulo alguno. Los tonos grises de la fotografía inciden en la atmósfera de emergencia nacional surgida tras la capitulación de Bélgica, la invasión de Francia y en los días previos a la evacuación de Dunquerque, pero nunca afectan al retrato de una figura alabada en exceso. Por momentos parece que estemos ante una desmedida hagiografía, que alcanza cotas dramáticas bastante indecentes a la hora de ensalzar al homenajeado. Los numerosos intentos de humanizar el mito también resultan un tanto molestos, y no sólo por la risible escena del metro –meritoria a nivel cinematográfico, penosa en cualquier otro sentido–. Sin embargo, el talento desbordado de Gary Oldman, mimetizado a la perfección con el personaje en gestos, dicción (es imprescindible oírle en versión original) y apariencia, consigue trascender las faltas, errores e infamias de la propuesta. En comparación, su mujer (Kristin Scott Thomas) y su secretaria (Lily James), son dos sombras accesorias, como casi todo lo demás en una cinta de reprochable desidia ideológica, diseñada para fortalecer y mantener fresca en el imaginario colectivo la habitual representación de Churchill como leyenda y ejemplo de resistencia; una interpretación cada vez más alejada de la realidad. Que sí, que yo también me emociono –en el contexto de una sala de cine, bien aferrado a la ficción– con el puñetero “never give in!” (“¡nunca hay que darse por vencidos!”), pero cuidado con las arengas redactadas con el único objetivo de soflamar al ganado. Además, la guerra la ganó el pueblo soviético; Europa fue liberada por la hoz y el martillo. No se olvide jamás.

Manu Castro (7/10)
@ManuCastroLSO
(24-02-2017)

 

• Lo mejor: Cada gesto, palabra y exabrupto de los ejecutados por Gary Oldman.
• Lo peor: La maniquea “lección” de historia.

 

 

Título Original: Darkest Hour | Género: Drama | Nacionalidad: USA / Reino Unido | Director: Joe Wright | Actores: Gary Oldman, Lily James, Kristin Scott Thomas | Productor: Tim Bevan, Lisa Bruce, Eric Fellner | Guión: Anthony McCarten | Fotografía: Bruno Delbonnel | Música: Dario Marianelli | Montaje: Valerio Bonelli

 

Sinopsis: Gran Bretaña, Segunda Guerra Mundial. Pocos días después de convertirse en Primer Ministro, Winston Churchill (Gary Oldman) debe tomar una difícil decisión. En pleno avance de las tropas nazis por toda Europa Occidental, cuando la amenaza de invasión es inminente, Churchill tendrá que elegir entre luchar contra Hitler o aceptar el acuerdo de paz que este le ofrece pactar. A pesar de la presión a la que estuvo sometido, ya que su propio partido llegó a conspirar en su contra y el rey Jorge VI (Ben Mendelsohn) era muy escéptico al respecto, la firme negativa de Churchill a aceptar la derrota, la rendición o un acuerdo de paz sirvieron como inspiración a la resistencia británica. Durante los difíciles primeros años de la Guerra, cuando el Reino Unido se quedó sólo en su firme oposición contra la Alemania nazi, Churchill tuvo que soportar su hora más oscura, reunir a una nación, luchar por los ideales y la libertad, y tratar de cambiar el curso de la historia mundial.