Tiburón 3: El Gran Tiburón (1983)

Tiburón 3: El Gran Tiburón (1983)

 

Bienvenidos al Mundo Marino. No hemos reparado en gastos.

La tercera entrega de la saga “Tiburón” híbrida torpemente el terror propio de las monster movies con elementos habituales en el cine de catástrofes de los años setenta. El resultado es una aberración filmada con el sistema Arrivision 3D, bajo las órdenes de Joe Alves, diseñador de producción de las dos primeras entregas –un dato de veras esclarecedor–. La trama transcurre en el “Mundo Marino”, un gigantesco parque acuático que tiene parte de sus instalaciones construidas bajo las aguas de un lago artificial –comunicado con el mar por un pequeño canal–. Delfines, esquiadores acuáticos, biólogos e ingenieros se preparan para la apertura al público de las instalaciones. Como ya os habréis imaginado, un gran tiburón blanco hace acto de presencia, y os aseguro que no tiene intención de perderse la fiesta de inauguración. Tras un repaso a los protagonistas –bufé libre de estereotipos–, asistimos al primer ataque. Spoilers. El primero en morir es el típico buzo que realiza reparaciones a solas y de noche. No falta el habitual “estará durmiendo la borrachera en algún rincón”, cuando el pollo no acude a currar al día siguiente. La cosa promete.

Michael Brody (Dennis Quaid es su primer papel protagonista), el hijo de Martin y Ellen Brody, es el encargado de las instalaciones, jefe del “desaparecido”, novio de la bióloga jefe y hermano de Sean (John Putch), que tiene fobia al agua tras los sucesos de las dos primeras películas. Casi nada. Como se trata de gente espabilada, enseguida se percatan de la presencia del tiburón. Un resoluto lord inglés llamado Philip FitzRoyce (Simon MacCorkindale), amigo del propietario del parque, Calvin Bouchard (Louis Gossett Jr.), plantea la posibilidad de matar al escualo para conseguir publicidad. Interesante. La bióloga jefe, Kathryn Morgan (Bess Armstrong), convence a Bouchard de que lo mejor es capturar al animal con vida, con afán de estudiarlo y exhibirlo. Lo que viene a continuación es difícil de describir con palabras. Lo capturan, lo meten en un tanque y al pobre animal –que apesta a plastiquete chungo– le da un telele. Tiburoncillo cutre, por diseño y tamaño. A Bouchard le posee su vena capitalista y decide usar el tiburón como reclamo comercial. El bicho muere. La escena es para llorar sangre.

¿Os acordáis del amigo buzo con tendencia a hacer horas extra nocturnas? Pues, en un “inesperado” giro del guión, su cadáver reaparece con una mordedura que no concuerda con la del tiburón hinchable recién fenecido. Los inteligentes le dan de nuevo a la máquina de pensar y llegan a la conclusión de que el pescadito capturado era en realidad una cría, y que su madre, la tiburón blanco más grande y enfadada del océano, se encuentra aún dentro del lago. Bouchard toma la decisión de evacuar a toda hostia el complejo, pero la situación ya se ha ido al garete, tramitada por la vía de urgencia. Comienza entonces una ensalada de ataques en todos los frentes. Los esquiadores y los animadores del parque son víctimas propiciatorias; incluso la pobre Lea Thompson se lleva una buena dentellada. Aunque los que las pasan realmente canutas son los integrantes de un grupo de visitantes que acaba atrapado en los túneles subacuáticos. Operación recate en marcha. FitzRoyce se mete en el lago y consigue atrapar al belicoso animal en los conductos de bombeo de agua. El tipo es un crack, desde luego, pero carece de la más mínima idea de hacer nudos. Su cuerda se suelta en el peor de los momentos y acaba en las fauces del tiburón –el plano dentro de la boca es escalofriante–.

Si puede salir mal, saldrá mal. La incompetencia de Bouchard –que lo supervisa todo desde su centro de control submarino dotado de una gran y estratégica cristalera– provoca que el tiburón se escape, marcha atrás (sic), del tubo en el que parecía estar atrapado. Como era de esperar, la emprende con Mike y Katy, que ya son de la familia, atareados ambos en el rescate de los pobres visitantes. Cuando se refugian en la sala de control ya sabemos lo que va a ocurrir. La gran y estratégica cristalera, diseñada desde un primer momento para que el tiburón la atravesara, cumple con su papel a la perfección. La escena es visualmente demoledora. El tiburón 3D es pura diarrea; a nivel técnico la cinta también es un despropósito. El siguiente golpe de efecto es para entrar en estado de shock. El cadáver de FitzRoyce se le ha atragantado al monstruo y continúa en su boca, cuál trozo de ternera entre los dientes, con una granada en su mano. Mike lo ve claro, y con un alambre tira de la anilla: pura é-p-i-c-a. A estas alturas de la aventura hemos empatizado con dos de los delfines del parque, que salen ilesos de la situación, así que nos la trae al pairo la muerte del técnico de la sala de control, que acaba de ser salvajemente despedazado –al igual que nuestros sueños y esperanzas tras ver semejante engendro–.

Manu Castro (3/10)
@ManuCastroLSO
(27-05-2006)

 

• Lo mejor: La siempre salerosa Lea Thompson.
• Lo peor: Mediocre como película de monstruos y como espectáculo de efectos especiales.

 

 

Tiburón 3: El Gran Tiburón (1983)

 

Título Original: Jaws 3-D | Género: Terror / Thriller | Nacionalidad: USA | Director: Joe Alves | Actores: Dennis Quaid, Bess Armstrong, Simon MacCorkindale | Productor: Rupert Hitzig | Guión: Peter Benchley, Carl Gottlieb | Fotografía: James A. Contner | Música: Alan Parker | Montaje: Corky Ehlers, Randy Roberts

 

Sinopsis: El tiburón más famoso ha vuelto… Más grande y terrorífico que nunca en esta nueva aventura protagonizada por Dennis Quaid y Louis Gosset Jr. El nuevo parque acuático de Florida, “Mundo Marino”, con un impresionante laberinto de túneles, se ve amenazado por una gigante hembra de tiburón blanco sedienta de sangre y venganza.

 

 

Tiburón 3: El Gran Tiburón (1983)