Logan (2017)

 

Ya no queda ningún revólver en el valle.

He leído por ahí que la primera intención de Mangold era comenzar “Logan” con el incidente de Westchester. El director optó por eliminar dicha secuencia para no desviar la atención del verdadero protagonista de la trama: el atormentado y viejo Lobezno. No obstante, podemos imaginar lo sucedido en el Este, más aún si conectamos esta historia con los acontecimientos narrados en “El Viejo Logan” de Mark Millar y Steve McNiven; inspiración fundamental de la película, presente en todo momento, junto a la predicción de Yukio y “La Muerte de Lobezno” de Charles Soule. Apenas quedan mutantes en el futuro, incluso sin la intervención de un Apocalipsis diseñado por una coalición de supervillanos. James Howlett despierta en el asiento de atrás de la limusina que conduce. Está borracho, decrépito, cojo. Una banda de maleantes trata de robar las llantas del vehículo. Logan saca las garras y liquida de manera salvaje a unos cuantos indeseables. Incluso rechazando a la bestia, da buena cuenta de ellos con sus afiladas garras. Apenas cinco minutos de metraje y ya nos ha salpicado la sangre. La narración nos traslada a los áridos parajes del sur de la frontera con México. Una fundición abandonada y en ruinas, rodeada de un vacío arenoso, sirve de refugio a tres de los últimos mutantes: Logan, Caliban y Charles Xavier –que padece una enfermedad neuronal degenerativa y se ve aquejado por unos terribles ataques–. Huir del pasado parece el único futuro de estos personajes.

En “Old Man Logan“, Millar esperó cincuenta años para que Lobezno aceptase su verdadera naturaleza, siempre a través de la tragedia, y sacara las garras para volver a matar. Mangold no se hace de rogar tanto (de hecho, no lo hace nada). Su “Logan” busca redención, evita la violencia, pero no rehúsa la confrontación superadas ciertas líneas. Acepta su esencia, su inalienable condición, al embarcarse en una road movie de tintes intimistas, donde conocemos las debilidades del héroe, sus dudas y flaquezas. La película toma este empedrado y polvoriento camino para alejarse de todas las convenciones del cine Marvel. La relación entre el viejo lobo, la niña y el profesor es un acierto mayúsculo, que se desvincula de la artificial grandilocuencia habitual en un género –el superheroico– empeñado en salvar La Tierra una y otra vez. Aquí la humanidad no tiene salvación. Los superhéroes han desaparecido. El planeta es un lugar peligroso, en manos de malévolas megacorporaciones que envenenan a la población con alimentos transgénicos, donde los próximos seres a extinguir son humildes granjeros hostigados por camiones robóticos y matones a sueldo. “El mundo ha cambiado”, dice Logan; para peor. Lobezno se ve incapaz de salvarse a sí mismo. Charles es un peligro cada vez más incontrolable. El horizonte se nubla con cada nuevo paso. Pero Lobezno se guarda una garra en la manga. No podía ser de otra manera.

Resuena la voz de Alan Ladd en una habitación de hotel. “No puede uno dejar de ser lo que es, torcer su destino. Yo lo he intentado inútilmente. No gusta convivir con un asesino. No hay que darle vueltas, Joey. Por suerte o por desgracia, yo llevo esa mancha, imborrable. Ahora corre a casa y dile a tu madre que ya está todo arreglado, y que ya no queda ningún revólver en el valle”. Logan se asea en el baño, preparado para un viaje crepúscular, de violencia inusitada, a través de los fantasmas pasados y presentes de un hombre antaño indestructible, que ahora, profundamente alcoholizado, tose sangre y camina con evidente dificultad. La decadencia del mito expuesta sin ningún tipo de contemplación. Cuando todo parece perdido, en medio de este pesimista cosmos habitado por nonagenarios seniles y seres enfermizos, aparece una niña mutante que representa todo el futuro que se le niega a tres condenados preparados para claudicar. Laura es la esquiva y casi imperceptible esperanza de un porvenir que parecía perdido, la última oportunidad de una bestia herida que no dudará en desatar un postrero arrebato de ira animal para garantizar la supervivencia de su especie. Y es entonces cuando toma pleno sentido la entrañable referencia a “Raíces Profundas” de George Stevens y la relación que se establece entre el forajido Shane y el pequeño Joey; aquí una niña asustada en busca de una figura paterna que la salve de los peligros que acechan en este extraño y hostil mundo. X-23 retoma el diálogo más recordado de aquél western fundamental para rubricar un epílogo maravilloso. La despedida que se merece el “X-Men” del esqueleto de adamantium.

Manu Castro (8/10)
@ManuCastroLSO
(07-03-2017)

 

• Lo mejor: El tono de derrota que desprende la narración. Las trepanaciones en tiempo bala.
• Lo peor: La poca entidad de los villanos.

 

 

 

Título Original: Logan | Género: Acción / Drama / Ciencia Ficción | Nacionalidad: USA | Director: James Mangold | Actores: Hugh Jackman, Patrick Stewart, Dafne Keen | Productor: Simon Kinberg, Hutch Parker, Lauren Shuler Donner | Guión: Scott Frank, James Mangold, Michael Green | Fotografía: John Mathieson | Música: Marco Beltrami | Montaje: Michael McCusker, Dirk Westervelt

 

Sinopsis: Es el año 2029. Los mutantes prácticamente han desaparecido. Un cansado y abatido Logan (Hugh Jackman) vive retirado a las afueras de la ciudad mexicana de El Paso. Es una sombra de lo que era. Se gana la vida conduciendo limusinas y se emborracha más de la cuenta. Su compañero en el exilio es el Profesor Charles Xavier (Patrick Stewart), también en las últimas, ya que está enfermo, inválido y con sus facultades mentales deterioradas. Logan cuida de él. Pero los intentos de Logan por ocultarse del mundo y olvidar su legado terminarán con la aparición de la joven Laura Kinney (Dafne Keen), también conocida como X-23, una niña que parece tener sus mismos poderes, y que está siendo perseguida por fuerzas oscuras. Esto obligará a Logan a enfrentarse a un villano de su antiguo pasado en una misión a vida o muerte.